Sonríe, agradece, empatiza, alégrate.. “buen rollo”. “Don’t worry, be happy”. Vivimos en la era del “sé positivo”. En la era de la felicidad constante. Y claro, cuando aparecen la tristeza, la rabia, la culpa, la preocupación, el enfado, o ese sentimiento tan incómodo y tan a la orden del día como es la ansiedad, sentimos que algo no está bien, que estamos haciendo o sintiendo algo incorrecto.
Pero te has planteado alguna vez, que a lo mejor las emociones o sentimientos negativos no son tan malos como pensamos?, y si el problema no son las emociones?, y si el problema no es tener esa clase de sentimientos, y en realidad el problema es cómo nos han enseñado a verlas y a gestionarlas?.
Las emociones no son buenas ni malas.
La tristeza no es tu enemiga.
La ansiedad no es una patología ni un defecto.
La rabia no te convierte en mala persona.
La preocupación no significa que eres un “rayad@”.
Las emociones son simplemente señales. Igual que un dolor físico nos avisa de que nuestro cuerpo requiere atención, las emociones incómodas nos indican que algo dentro de nosotros importa y sería conveniente escucharnos también.
El problema en realidad empieza cuando intentamos silenciarlas, cuando queremos evitar y tapar esas emociones a toda costa, cuando nos obligamos a no tenerlas, a no sentir, porque al parecer lo adecuado es sentirnos siempre bien.
- La tristeza no quiere hundirte, quiere que reflexiones.
La tristeza suele aparecer cuando hay una pérdida. A veces es evidente por una ruptura, un cambio, una decepción, una muerte. Otras veces es más sutil: es la pérdida de una versión de nosotros mismos, de una expectativa o de una ilusión. Entonces la tristeza llega, para que nos paremos, nos baja el ritmo y nos vuelve más reflexivos. Nos invita a mirar hacia dentro.
No hay duda de que no es agradable, pero tiene todo el sentido. Y si sabemos escucharla la podemos convertir en algo bueno.
- La ansiedad no siempre es debilidad, sólo quiere que paremos.
La ansiedad es anticipación. Es el cuerpo preparándose. La ansiedad aparece cuando vamos a cruzar un semáforo en rojo, cuando se acerca un perro ladrándonos y con actitud agresiva, o cuando vemos que un niño se asoma a la ventana y está a punto de caer al vacío.
De verdad es esto malo?. Sólo es una señal del cerebro a mi cuerpo para que reaccione, para que eche a correr y no me atropelle el coche, o que llegue a tiempo a esa ventana antes de que el pequeño caiga. Una señal de mi cerebro que le dice a mis piernas: “te envío sangre, para que puedas correr y librarte de ese perro que está a punto de abalanzarse a morderte”.
- La rabia también tiene algo que decir.
La rabia suele aparecer cuando sentimos que hemos cruzado un límite, cuando nos damos cuenta de que no se nos está respetando, o estamos dándonos cuenta de que algo nos parece injusto.
Cuando aprendemos a escucharla sin explotar, sin reprimirla, se convierte en información valiosa:
- Aquí necesito poner este límite
- Aquí me estoy traicionando a mi mismo.
- Aquí algo no me está haciendo sentirme bien.
¿Dónde está entonces el verdadero problema de las emociones negativas?
El verdadero problema es rechazar lo que sentimos. Luchamos contra nuestras emociones y no nos damos cuenta de que cuanto más luchamos más sufrimiento extra añadimos. Porque entramos en un círculo vicioso del que nos sentimos incapaces de escapar.
Siento tristeza, luego me culpo por estar triste, y ya no es solo la tristeza. Es tristeza junto a la culpa, junto a la vergüenza.
Aceptar una emoción no significa quedarnos atrapados en ella. Significa permitir que haga su trabajo, que nos ayude y que nos devuelva cuanto antes a esa tranquilidad y esa paz interior que realmente deseamos.
¿Qué podemos hacer entonces con las emociones incómodas?
Algunas ideas prácticas:
- Nómbrala: “estoy sintiendo frustración”.
- Pregúntate: ¿qué me está intentando decir?
- Dale espacio sin dramatizar. Permítete un tiempo para sentirla.
- No tomes decisiones importantes mientras se mantenga en ese pico emocional.
- Escribe: a veces poner palabras ordena el caos y saca de dentro esos sentimientos de forma eficaz.
No necesitamos sentirnos bien todo el tiempo.
Una vida sana emocionalmente no es una vida sin emociones negativas. Es una vida donde podemos sentirlo todo, sin miedo a sentir. Porque al final las emociones no vienen a destruirnos, vienen a informarnos. Y cuando aprendemos a identificar y a escuchar a nuestras emociones, dejan de asustarnos tanto.